El puñal (Leopoldo Lugones)

Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones

Nunca como aquella mañana, había dado mejor fruto mi laboriosa soledad. Acababa, efectivamente, de hallar por mis propios medios la palabra secreta de los iniciados drusos, el imperativo anagrama de la convocatoria, con que pretendían llamarse por influencia mental, a despecho de la distancia y de los obstáculos –verdadera llave de oro de su formidable hermandad– los discípulos del Viejo de la Montaña.

Nadie ignora la existencia misteriosa, si no es mejor dicho obscura hasta lo legendario, de aquella Orden de los Asesinos, que durante los siglos XI a XIII aterrorizó el Oriente musulmán, imponiéndose a los propios cruzados, hasta engendrar entre ellos mismos la hermandad filial de los Templarios, no menos enigmática para la historia de la cristiandad.

Difíciles estudios sobre su carácter sombríamente romántico, y sobre su fundador, el Viejo de la Montaña, acababan de llevarme a ese resultado más quimérico que histórico, pero, por lo mismo, más interesante para un poeta. Precisamente, el Viejo de la Montaña fue condiscípulo del famoso bardo persa Omar Khayam…

Fruto, pues, de una empeñosa labor, no exenta de peligros, según me lo advirtiera como al pasar el egipcio Mansur bey, cuando me refirió la historia que titulé “Los ojos de la reina”, creo inútil añadir cuán profundo era mi contento.

Peligros, dije, ya que toda exploración del misterio los comporta, aun cuando sólo sean ellos la intranquiliad del alma o la excesiva tensión del raciocinio, fuera del también posible influjo eventual sobre fuerzas desconocidas. Así el descubridor de la pólvora cayó víctima de su propio invento, y Riemann, el matemático genial del espacio esférico, dio en el abismo de la locura.

En aquel estudio habíanse aunado, por otra parte, la tendencia a las investigaciones cuyo absoluto desinterés constituye un lujo negativo –o sea la inutilidad espléndida que una mente productiva se costea con lo que deja de ganar– y esa especie de amor a la aventura que pudiéramos llamar la provocación del destino… Apresúrome a advertir que este autoanálisis, ya concluido por lo demás, explicará de suyo ciertas dificultades inherentes al relato.

No intento desaparecer en éste, con la impersonalidad narrativa cuya eficacia reconozco, porque no se trata, a la verdad, de una novela, sino de una historia.

Fatalista por temperamento y por experiencia, violé sin recelo la conocida prescripción de no pronunciar al azar las palabras secretas, que un descuido fonético puede volver contra el propio locutor, ensayando muchas veces el posible sonido de la que había descubierto: voz de curiosa semejanza con el célebre monosílabo am de los teósofos hindúes. Pero nadie ignora que todas las hermandades ocultas del Oriente tienen puntos comunes de intersección.

En esto me hallaba, cuando, con gran sorpresa de mi parte, dada la estricta consigna de aislamiento que resguarda mi labor matinal, la mucama me anunció una visita.

–Pero, por Dios, Maggie –empecé con impaciencia–, no tengo dicho que…

–Sí, señor, lo he negado ya dos veces; pero se trata de un caballero que parece muy afligido y que dice venir de parte del emir Arslán.

–¿Del emir? Eso es distinto –autoricé, no sin cierta extrañeza ante aquella insólita perturbación de mi disciplina que el prudente amigo conoce y respeta con estrictez de buen trabajador.

Algo serio, indudablemente –pensé todavía; y confiando en que el mudo reproche de mis carillas húmedas y mis libros abiertos abreviaría la visita importuna:

–Hágalo pasar aquí mismo –dije.

II
El desconocido, que representaba unos cuarenta y dos años, simpático de aspecto, elegante con sobriedad, vaciló ligeramente en la puerta.

Habíalo, quizá, desconcertado algún reflejo de contrariedad en mi semblante que me apresuré a componer por cortesía; y atribuyo a esta fugaz preocupación la idea confusa de haberle oído murmurar en árabe, mientras tomaba el asiento que le indiqué:

–Asáhu jairón! (más vale así).

Pero, acto continuo, su voz de franqueza varonil, bien que muy suave, alzóse para decirme en castellano, apenas turbado por leve guturación:

–Discúlpeme, señor, que haya invocado con abuso el nombre del emir, nuestro amigo. La verdad es que vengo por mi cuenta, o mejor dicho por la de usted. Pues, dado su conocimiento de la Santa Fidelidad, usted sabe perfectamente bien que se acude a un llamado suyo.

Y ante el ademán de asombro que no intenté reprimir:

–Pudo usted soñarlo anoche; pero esta mañana lo reiteraba despierto. Creí que algo lo amenazaba. Por esto insistí en ver a usted.

Sentí un estupor más cercano a la veneración que al miedo.

Efectivamente, la noción de la palabra secreta habíame venido al despertar, como esas lecciones que, de muchacho, abandona uno, para dormirse descorazonado, y que resulta haber aprendido durante el sueño.

El desconocido añadió con naturalidad:

–No es acierto casual, ni fruto de su estudiosa dedicación, por lo demás muy meritoria. Tiene que venir de más lejos, como usted mismo verá. Entretanto, permítame. Debe ser usted de raza española, sin mezcla. Por ahí se puede tener siempre algo de árabe. ¿Correspondió su nombre de pila al del santo que señalaba el almanaque el día de su nacimiento?

–No; fue una ocurrencia de mi madrina.

–Una ocurrencia es siempre una revelación. Así tuvo usted en su nombre la doble ele inicial que corresponde a su signo astronómico (los Gemelos, ¿no es cierto?) y repetida por contenido fonético, la influencia del León, que significa el imperio de la violencia en su destino.

–Confirmada –añadí, tendiéndole la palma de mi mano izquierda con voluble abandono de la jovialidad– por una doble señal de muerte violenta…

El desconocido echó una viva mirada sobre mi nítida red palmar.

–¡Y todavía con el signo del puñal en el valle de Saturno! Diablo, señor Lugones –agregó, riendo a su vez–, su caso podría ser inquietante.

–¿Por qué?– interrumpí–. Si es realmente la fatalidad, fuera inútil oponerse a lo inevitable.

Mi serenidad, turbada un instante, había vuelto, impulsándome a esa especie de contraofensiva sobre mi sorprendente interlocutor.

Sólo entonces pude reparar en algo no menos extraño:

¿Cómo era que estaba yo respondiendo sin fastidio a ese interrogatorio de impertinente singularidad?

La fisonomía de mi visitante bastaba para explicarlo. No aparentaba, he dicho, más de cuarenta y dos años, aunque era, sin duda, de mucho mayor edad; pero ésta, a su vez, resultaba inapreciable.

Tratábase, evidentemente, de uno de esos dominadores del misterio cuya impresión queda indeleble en quien ha visto alguno, siquiera fuese al pasar.

Bajo el ondulante cabello, de intensa lobreguez, la frente erguíase con serena pujanza, al par que luminosa de sensibilidad, como si se le transparentara en limpidez de alabastro el pensamiento, ya encendido con irresistible esplendor en sus ojos pardos, estriados de oro. La nariz, de rectitud casi griega, acentuaba con su línea segura la firmeza del rostro esculpido con enérgica enjutez. Quijadas y pómulos, en ajustado remache, perfilábanse bajo la fluida tranquilidad de la barba. Su largo rostro era todo expresión, definida con la tajante nitidez de la espada por el filo. Su faz, consumida por dentro al ardor de la llama espiritual, animábase con la requemadura entre metálica y coriácea de los pámpanos curtidos por el sol. Una nobleza serenísima aislábalo sin rigidez, dignificando la autoridad de la lenta mano que corría por la barba con un ademán de fluidez paralela.

Únicamente su boca manifestaba en la caída de las comisuras una amarga desolación de vencido. Pero ese rasgo alteraba la fisonomía entera con tanta pasión, que acto continuo infundióme una especie de dolorosa cordialidad. Por ahí era humano y próximo aquel hombre distante.

Distante, a fe, como si estuviera constantemente acercándose sin llegar, desde el fondo de un espejo.

III
–La fatalidad –dijo, refiriéndose a mis palabras con grave tristeza–, es lo que impulsa a implorar su socorro en favor de un inocente. Y sin esperar respuesta:

–¿Cree usted justa, según sus estudios, la denominación de asesinos que dieron los cronistas occidentales a los miembros de la Santa Fidelidad?

–No, por cierto –respondí–. Es un equívoco bien conocido, sobre la voz arábiga “hashishin”, o tomador de “hashish”, y el sistema criminal que se atribuía a los afiliados, por su siniestro título de “Caballeros del Puñal”.

–¿Y sabe usted por qué tomaban el “hashish” y llevaban siempre un puñal consigo?

–Lo del puñal sí, lo del “hashish” no, a menos de aceptar la leyenda según la cual se embriagaba a los iniciados para darles una impresión anticipada del Paraíso, poniéndolos en la misma situación que al “dormido despierto” de las Mil y una Noches…

Mi visitante sonrió con desdén.

–¿Y el puñal? –dijo.

–El puñal, por resguardo contra las potencias hostiles de la sombra: un acero agudo, como los sikas de la India; y por necesidad patriótica, dado el carácter nacionalista de la hermandad.

–Ignoraba que hubiera usted penetrado tanto el secreto de la doctrina. “¡Patriotismo desesperado, en efecto!

“No éramos más de cien mil para defender el Oriente fatimita contra la invasión de los cruzados, la reacción de los abasidas, tan poderosos en Bagdad, y la usurpación de los ayubitas, capitaneados por Saladino, nada menos: el vencedor de Ricardo Corazón de León.

“Impotentes ante el número, fuera de nuestros cerros fortificados, la defensa de la patria imponía la ejecución del puñal.

“Por esto no elegíamos sino las cabezas responsables.

“Reyes, sultanes, ministros enemigos: he ahí las víctimas de la Santa Fidelidad.

“Asesinos, tal vez, héroes siempre, mártires con frecuencia, no hubo afiliado que rehuyera el peligro ni cediera al tormento.

“Obligados a la ejecución de los poderosos en las ferias y ceremonias públicas, único medio de acercárseles, simulando el entusiasmo del admirador, la devoción del converso, la dedicación del criado, el adepto sabía que tras su puñalada justiciera, sobrevendría sin remisión su propia muerte.

“Ninguno rehuyó jamás su deber terrible.

“¿Y qué se les ofrecía en recompensa? Qué podía ofrecerles una orden proscripta a muerte por las potencias de la tierra; aislada en fortalezas que eran cerros desapacibles hasta para las águilas; abstinente del vino y de toda propiedad personal, fuera de las armas y del vestido puesto, y respetuosa de la mujer hasta la veneración…

“No hay musulmán, con serlo ellos tanto, que pueda, en esto último, comparársenos todavía. La mujer, aun adúltera, es sagrada para el druso.

“La leyenda del ‘hashish’, que anticipaba al iniciado la hartura sensual y los besos de las huríes, es, pues, absurda: juego de niños, inconcebible con aquellos bravos y aquellos sabios que hicieron de la primera gran logia, llamada Casa de la Sabiduría, una verdadera academia de ciencias, famosa en todo el Oriente.

“Escuela libre para el aprendizaje de todas las ciencias profanas, su renta anual ascendía a doscientos cincuenta mil dinares de oro. ¡A principios del siglo XI, señor, cuando en la Europa bárbara no había rey que poseyera esa suma!”

–¿No era –inquirí con cierta pedantería impertinente–, aquella academia del Cairo cuyas sesiones presidían los califas, y cuyos mantos doctorales conservan hasta ahora las universidades inglesas?

–La de la banderola verde, la beca más antigua del mundo –confirmó mi visitante, sacando de su bolsillo una vieja cinta de ese color, sobre la cual descoloríanse letras de oro.

En aquel instante, una alborotada ráfaga de otoño entró impetuosa por la ventana inmediata a él.

Pero, con grande asombro mío, la cinta que colgaba de sus dedos permaneció inmóvil como un listón de madera. Acababa de verla desplegarse, sin embargo, y mis papeles estremecíanse aún con el brusco soplo.

Supe, no obstante, contener mi sorpresa, mientras él proseguía, con naturalidad, arrollando el gallardete:

–La iniciación prescribía el “hashish” al entrar en el tercer grado, con el fin de poner al adepto en trance de recibir la comunicación de ciertos poderes ocultos.

“No era otro el objeto del ‘kikeón’ que tomaban los iniciados en los misterios de Eleusis; y los cristianos consagran con vino, que es también una bebida embriagadora. En el siglo II los acusaban de ebriedad mística, como a ‘nuestros’ hermanos novecientos años después.”

¿De dónde me vino en ese momento la loca idea de que, no obstante su aspecto actual, aquel hombre había visto lo que narraba?

¿Fue su expresión remota, la seguridad de su palabra, el incidente singular de la banderola?…

No lo sé. Pero, aquel “nuestros hermanos” de su frase final habíame desagradado ciertamente; ya que, ni en equívoco verbal, conveníame el vínculo con los asesinos, por decirlo así, clásicos.

Empezaba a colegir, tarde quizá, la naturaleza del riesgo que Manzur bey me había advertido.

Mi interlocutor comprendió todo, acto continuo; y tras una mirada cuya intensidad me produjo la impresión de vago mareo del color escarlata, respondióme por simpatía mental:

–Saber la historia equivale a vivirla; ya que el tiempo es una ilusión de nuestra personalidad pasajera, como la fuga del paisaje ante el vehículo en marcha.

Y con el mismo tono de sonora profundidad:

–Lo que nos diferenció entre las hermandades secretas, con la única excepción de los Sikas hindúes, constituyendo a la vez nuestra fuerza y nuestra debilidad, fue que impusimos como condición para iniciar, la pureza de la sangre.

“Nadie puede obtener los grados si no es de padre y madre drusos, a excepción de ciertos casos rarísimos de autoiniciación, que revelan, por lo demás, afinidades desconocidas. Pero éstos no logran dar más que con algunas claves sueltas: el anagrama de la evocación, por ejemplo…

“Es que sólo así –prosiguió– se alcanza la unidad infalible, por el renacimiento de las mismas almas, durante miles de años, en la misma comunidad; pues en la reencarnación hay también cruzamientos y bastardías. “Pero, del propio modo, redujímonos al puñado que somos hoy.

“Es la perfección de la nobleza, que impuso, y no por orgullo, ciertamente, el Viejo de la Montaña, aquel estupendo Hasán Sabah, quien, más poderoso que los reyes, jamás usó título ni gozó de ningún halago en la austeridad salvaje de su castillo montañés, cuyo mismo nombre era un símbolo: Al-Móut, la muerte.

“Allá en su peñón de águila, sucumbe tras cuarenta años de dominio, sin más bienes que dos camisas de lienzo y un albornoz de pelo de dromedario, cara al cielo, sobre la roca desnuda.”

IV
Cruzó nuevamente por mi espíritu la impresión clara de que oía a un testigo presencial. Y con ello acentuóse todavía la contradictoria impresión de tenerlo a la vez próximo y lejano.

–El nombre de asesinos que nos dieron invasores y usurpadores, fue, pues, tan calumnioso como la imputación de impiedad.

“Sabrá usted que el secreto final de nuestra doctrina enseña la igualdad de todas las religiones en un común propósito de moral práctica, y la revelación de Dios en cada alma, mediante la posesión de la bondad: Dios está en ti mismo.

“Así, el objeto supremo de la virtud es el hombre. El ejercicio de la fraternidad humana vale más que todas las prácticas rituales, inclusive la limosna y la castidad. La verdad es superior a la oración. El trabajo es la suprema dignidad de la vida.

“He aquí la herejía que nos imputaban los fanáticos cristianos y musulmanes.

“Consagrados únicamente a la defensa de la patria, éramos conformes a nuestra verdadera designación, los ‘Fedavi’: los sacrificados. Porque nuestro juramento de fidelidad comportaba la abnegación absoluta.

“De ahí nuestros colores: el blanco del sacrificio sin límites y el rojo de la propia sangre ofrecida, que así resulta la suprema generosidad.

“Esto es lo que aprendieron en nuestra iniciación, no cerrada entonces, aquellos cruzados que fueron después los Caballeros del Temple: los del manto blanco y la cruz escarlata.

“Así quedó el rastro en los apellidos y en los blasones de Europa que, como es sabido, tomó del Oriente estos emblemas.

“Los Sidney de Inglaterra llevan el nombre que dábamos en el primer grado de iniciación, al Viejo de la Montaña: ‘Sidna’, nuestro señor.

“El creciente de blasonar, con las puntas hacia arriba, que tomamos de Egipto, donde era el signo faraónico del poder, figura en el escudo de los Anglure de los Vosgos, y de los Lunones de Asturias, que, según creo, fueron sus antepasados… ”

Mas, mi sonrisa de incredulidad ante aquella que me pareció socorrida mención heráldica, advirtióle la importancia que doy a tan fantásticas vanaglorias.

–Sea como quiera –añadió, titubeando ligeramente–, hubo muchas iniciaciones de templarios que la misma orden conservó secretas, sobre todo al agravarse su persecución. A esos verdaderos ejecutores pertenecieron los puñales que por rarísima excepción han llegado hasta nosotros, y cuyo tipo, llamado Nakkashal-Móut, cincelador de la muerte, no lo fabricaban sino los ‘fedavis’ de Asia.

“Así hallé éste que poseo en el tenducho de un judío de Angulema.” Pasóme cortésmente el arma, que examiné con interés.

Era una hoja triangular, como de quince centímetros, tan tersa que allanaba su cuádruple ranura en la nitidez de un solo reflejo.

Pero, su impresionante mérito de pieza excepcional, estaba en la empuñadura de bronce.

La guarda representaba una lápida roída a medias por el tiempo, en cuya cara exterior el dueño europeo, probablemente, había grabado después con toscos rasgos las palabras ci-git (aquí yace), el cuadrado con punto central, símbolo de la sentencia, y una antorcha caída.

El puño era un esqueleto que, de pie sobre la losa, avanzaba con sesgo paso, echando hacia atrás el sudario sostenido por la mano izquierda sobre el descarnado esternón, mientras la derecha, caída al flanco, disimulaba en un pliegue del lienzo fúnebre el puñal pronto para herir.

La anatomía, de asombrosa perfección, llegaba hasta detallar en la obscura cavidad del tórax la columna vertebral, suelta en aquel hueco que atravesaba oblicuamente la luz por el vano de la garganta y por los espacios intercostales. Sacro, pelvis, huesos de la pierna que avanzaba al descubierto, brazos y manos, eran de la misma acabada cinceladura.

Bajo el desembozo del sudario, la calavera dilataba horrenda risa. Y el lienzo caía por detrás en largos pliegues de siniestra elegancia.

Mas, a pesar de tantas excavaduras y relieves, era notable la comodidad manual de aquel puño.

Sin perjudicar lo más mínimo al rigor anatómico y al desembarazo de la actitud, cada hueco de la figura afianzaba la posición natural de cada dedo, fuera directa o inversa la del puñal.

–¡Maravilloso! –exclamé.

–Y si usted fija con intensidad su mirada en la hoja –añadió el visitante– y piensa sin discrepar en una persona ausente, no tardará en verla cual si estuviese a su lado.

–Como en los espejos negros –afirmé, recordando las esferas de esmalte obscuro que usan con dicho fin chinos y japoneses.

–Efectivamente –afirmó mi interlocutor.

No me representaba, pues, aquello mayor curiosidad; pero era naturalísimo que, desde luego, quisiera mirarlo a él.

Entonces noté con asombro que, precisamente, al fijar mis ojos en el puñal, su figura desaparecía. La hoja no lo reflejaba en su inalterada limpidez.

Para recobrarme sin hacérselo notar, evoqué la figura de un amigo cualquiera, que se presentó, como esperaba. Mas, él, tomándome ya el arma con delicadeza:

–Érame indispensable –prosiguió– conocer su opinión sobre los asesinos”. De otra suerte no me arriesgaría al encargo que me propongo dejarle. Habríame limitado a impedir las consecuencias de un descubrimiento que sólo tiene por fin la curiosidad.

La fría decisión de su acento comportaba de tal modo una amenaza, que, sin dejar de alarmarse profundamente, sublevó mi indignación. Pero todo reproche murió al instante en mis labios.

El semblante del desconocido habíase demudado con angustia mortal. Su visible dolor hallábase tan lejos de la ofensa, que cualquier sospecha hostil transformábase en compasión.

Y con voz más cercana y más sorda:

–Sepa usted –dijo–, que nuestra veneración por la mujer, proviene de atribuirle como causa fatal toda la dicha y toda la desventura.

“No en vano procedemos de Fátima la Perfecta, la hija bendita del Profeta.

“Por eso estamos bajo la potestad de la Mujer, que, ángel o demonio, es la puerta del Paraíso y del Infierno.

“Y por ella es que somos, entre todos, los Caballeros de la Belleza y del Dolor.

“Ha pasado al romance popular comunicado por los árabes de España, la antigua verdad de que, para el perfecto caballero, amar es morir.

“Por esto, sólo alcanza la inmortalidad aquel que domina el amor de la mujer

“Alguno, quizá, ¡cada cien años!

“Salomón poseyó toda la sabiduría, y no lo pudo.

“Los ángeles cayeron por el amor de la mujer, y los dioses de compasión encarnan en la delicia de su seno.

“En ella está el secreto de todo heroísmo y de toda gloria.

“Así nacieron la Santa Fidelidad de los ‘fedavis’, aquellos sacrificados de la bravura sin límites, y la dinastía fatimita que en la persona de Abu Famin dio al Islam el más glorioso de sus califas.”

V
Cruzó el rostro de mi visitante una especie de sombrío relámpago, casi al punto apagado en el decaimiento de la desolación:

–Fue una tarde, junto al Pozo de la Gacela, entre el Líbano y Damasco.

“Una doncella drusa, según lo reconocí por la graciosa embozadura de medio ojo que cubría su faz, daba de beber a una yegua alazana. Magnífico animal, en cuyo cuadril derecho advertí la misma marca de mi caballo: el kiffeh o palo coronado por un círculo, con que señalan los Beni Rashid de Arabia.

“Por ahí entré en conversación con la joven.

“Al reconocer en mí un sheik blanco, es decir, un iniciado, habíame ella contestado respetuosamente el saludo, aunque mirándome de frente, con la serenidad de la verdadera nobleza.

“Una luz celestial, esa claridad interior que es tan raro ver salir a la mirada, llenó su grande ojo azul entre las pestañas sombrías.

“La gente común ve con la luz que le entra por los ojos. Pero la condición de iluminar sólo la posee la pupila del ángel.

“En la limpidez del cielo crepuscular reinaba, cándida, la soledad de la luna.

“Llegaba esa hora suprema de comunicación con las almas y las cosas, que podría llamarse el éxtasis del desierto.

“Sonrosábase la tierra como una mejilla, y el cielo palidecía como una frente.

“Había en el silencio de la inmensidad una inmediación de presencia.

“La quietud sensibilizábase en una infinita sutilidad de cristal.

“El Grande Aliento del mundo levantábase en la fragancia de la tarde.

“Un pájaro obscuro llegó a la palmera del pozo –y fue entonces cuando se quebró en la eternidad la línea de mi destino.

“Adquirí de golpe, con abismante lucidez, la certidumbre de mi caída.

“Era mi día que llegaba en los siglos.

“Revelábase ante mí aquel misterio que hacia temblar a los profetas: la presencia del ángel.

“El ángel que todo hombre tiene escrito en su suerte, pero que con frecuencia no puede hallar sino a través de muchas vidas.

“Por esto son tan raros los casos de verdadero amor.

“Aquel ser presentábaseme bajo la forma de la mujer terrestre, que es la más terrible, porque necesariamente encarna la desventura.

“Y fue así como aquel día, sometiéndome al amor de la mujer, acepté la ley de la muerte.

“Mi primer paso al abismo fue el ansia incontenible de ver su rostro, que satisfice desmontando, con el pretexto de abrevar también mi cabalgadura, pero, en realidad, con el objeto de interponerla, para mirar al disimulo la hoja de mi puñal.

“El rostro apareció, divino de belleza en su ternura juvenil.

“No son raros en nuestra raza los ojos azules y los cabellos blondos.

“Mas, si las pupilas de aquella criatura semejaban dos grandes gotas de cielo, su cabello era del castaño más hermoso: de ese matiz sombrío, tostado por reflejos de cobre, que daba un encanto ya oriental a las mujeres de Bizancio y de Sicilia.

“El perfil delicado y la boca graciosa acentuaban la impresión angelical.

“Trazaba el óvalo del rostro esa línea de belleza que sólo conservan las razas puras, y que es inconfundible rasgo de superioridad para el artista.

“En el abandono de la actitud con que, aflojando el cabestro, esperaba que el animal acabara de beber, su cabeza inclinábase con esa pensativa naturalidad de flor, que es, quizá, la gracia más irresistible de la doncella.

“Lánguida dulzura que el azul crepuscular teñía vagamente, como encarnando en un lirio.

“Pero, en la frente clarísima, en el entrecejo ancho de inteligencia, en la vibrante sensibilidad de su gracia, ennoblecíase con ingenua altivez aquella estirpe del Líbano, más antigua que los cedros de Salomón; aquella raza heroica, que arranca sus propias quejas de amor, tañendo el laúd con la pluma de las águilas.

“Su nombre, sacado por el horóscopo, era Nur: Claridad; pero ella ignoraba el decreto de los astros. Sus padres, conforme súpelo después, habíanlo callado para no afligirla o envanecerla, pues le predecía la tragedia y la gloria.

“¡La tragedia!

“Tengo motivo para creer que está en vinculación con mi destino; pero la gloria es el misterio que debo callar, porque aceptando la fatalidad del amor me rendí al peligro de muerte.
“Es esto lo que me obliga a implorar su ayuda.

“A objeto de asegurar la tranquilidad de aquella alma cuanto fuera posible, me expatrié, sabiendo, no obstante, que la fatalidad, ya desencadenada, volvería a ponerla en mi camino. Las líneas fundamentales de su mano son iguales a las de la mía, lo cual indica en nuestro destino el imperio de la misma estrella.

“La fatalidad se ha cumplido. Nur está aquí.

“Ha llegado en compañía de una señora armenia, buscando a su hermano, único deudo que le dejó la pasada guerra contra Turquía.

“Pero, al saberlo, algunos compatriotas residentes acá decidieron impedir que una de nuestras mujeres –por primera vez en mil años, ¡señor!– comprometiera la parte que le toca en el destino de su raza, abandonando el país natal, y descubriendo su rostro a los extranjeros.

“Nunca imaginaría usted lo que esto significa para la sangre de águila de esos montañeses de los cedros. Figúrese que dos ancianos modestos comerciantes que apenas levantan cabeza aquí, dispónense a abandonarlo todo para escoltar el regreso de Nur.

“Pues el dilema está planteado: o retorna en el mismo buque, o le aplicarán la ley del puñal.

“Mi situación de ‘caído’ impídeme evitarlo. Apenas, si regresa, podré acompañarla oculto en la misma nave, para no ser visto a mi vez por los dos ancianos que llevaría de escolta.

“Pues, para salvarle así la vida, deberé arriesgar la mía definitivamente, sea arrastrándola a la fatalidad de mi amor, si éste, más fuerte que yo, me hunde en el crimen, hasta ahora evitado, sea combatiendo por la libertad del Oriente con los últimos ‘fedavis’ que encabezan al sublevado Afganistán… ”

–¿Y en qué forma cree usted que yo?… –interrumpí, subyugado por su gravedad dolorosa.

–La vieja sangre de las águilas habla en Nur, que no quiere volver.

“Solamente obedecería al emir Arslán, quien, no obstante su voluntario destierro, es el jefe de nuestra nación.”

–¿Y por qué, entonces, no se lo pide usted mismo?

–Porque el emir no me conoce, a causa de que no es iniciado, ni puede serlo. Jefe de los drusos por la línea paterna, su madre, aunque de antigua nobleza arábiga, emparentada con el mismo Profeta, no era drusa.

“Suplícole que no pierda tiempo, pues el buque debe zarpar mañana.

Si no pudiera ver en persona al emir, me atrevería a indicarle, con mil perdones por mi audacia, este borrador de una carta eficaz.”

VI
Puse mis ojos en el papel que me alargaba.

Era una carta de súplica humanitaria, dada la gravedad del asunto, ante la solicitud de cierto amigo que deseaba permanecer incógnito. Mientras leíala despacio, por lo curioso de la solicitud y lo delicado de la intervención que se me pedía, mi visitante agregaba con un tono cada vez más opaco:

–Si muero peleando allá en la frontera afgana, recibirá usted por recuerdo y por gratitud el puñal que ha visto, y quizá un mandato. Alcé vivamente el rostro para protestar contra esa arbitraria complicación. Pero la sorpresa me clavó en el asiento.

Mi interlocutor había desaparecido.

Desaparecido como un fantasma, sea dicho sin pretensión de evitar la vulgaridad novelesca.

No sabría ni quiero sortear el escollo, deformando o aderezando literariamente las cosas, ante la prevista incredulidad del lector.

Añadiré, para referirlo todo, sencillamente, sin abrigar la pretensión de que se me crea, pues en este caso habría compuesto –cosa fácil, por lo demás– un relato verosímil, que acto continuo me lancé a la puerta de calle, infructuosamente, como era de esperar.

Pero, después del almuerzo, recobrada ya del todo mi tranquilidad, llamé a la mucama:

–Vea, Maggie, el caballero que vino esta mañana… –empecé.

Mas, ella enmendó, comedida, lo que, seguramente, parecióle una distracción de mi parte:

–Sí, señor; el mensajero que trajo la carta a la puerta. Añadí cualquier vaga recomendación para salvar el asombroso trance y quedarme, cuanto antes, solo.

No había existido, pues, visita alguna para la propia introductora del visitante. Pero el borrador, verdadero certificado, a fe mía, estaba allí con todas sus letras.

Escribí al emir, sin embargo, en los mismos términos, que a pesar de una resistencia angustiada hasta la humillación resultáronme indispensables, y supe poco después, por él mismo, que la joven drusa navegaba hacia Beirut.

¿Qué sería del fantástico “fedavi”?

¿Habría consumado en el desamparo de la alta mar su tragedia de “asesino”?

¿Peleaba como los afiliados de otra época, en las tierras del remoto Afganistán?

¿No era todo aquello una ilusión de mi mente, extraviada por la tentación de las “ciencias malditas”?

¿Un sueño, quizá? ¿El diálogo con una sombra?…

VII
Algún tiempo después, una serena noche palpitada de estrellas y de brisa fragante, alguien ejecutaba, en el devoto recogimiento del salón familiar, una sonata de Beethoven.

Mecíanos la onda musical en esa celeste melancolía del perfecto amor, más divino, acaso, porque no ha de durar, cuando tras un fortísimo atacado con potente brío, parecióme oír que caía un objeto tras del piano.

Nada se movió, por cierto; pero, concluido el trozo, el ejecutante observó:

–He creído oír que algo caía mientras tocaba.

–No será nada – dije–. Algún cenicero puesto ahí por descuido.

Mas, cuando el salón quedó desierto, retiré el piano con viva inquietud.

No me había engañado el presentimiento. Era el puñal. Lo curioso de esto, amable lector, es que el puñal existe en mi poder, como lo saben todos los amigos de mi casa.

Sólo que me llegó “muerto”, es decir, con la hoja enteramente despulida.

¿Por exceso de uso? ¿Por pérdida de su mágica propiedad? El caso es que nada refleja su acero gris, salpicado por unas cuantas manchas rojizas.

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